
Dice mi amiga Ana Sabuki:
Por todas esas luchas, frustraciones, naufragios, intensidades y alegrías, podemos expresar nuestra gratitud hacia los vínculos más duraderos y los más volátiles, hacia los más sólidos y los más fluídos, hacia los que se cruzaron como estrellas fugaces en algún punto del camino y hacia los que permanecen a nuestro lado en un trayecto cósmico cuyo destino se abre hacia el infinito.
Todos nos entrenaron en el uso de ese músculo vibrante y elástico que nos mantiene vivas; todos nos enseñaron a creer en la realidad de las corazonadas.
Ella tiene toda la razón. Así pensé siempre.
Sin embargo, con 47 años, con 2010, con la luna azul, con el ERE, con el cruel engaño de Juan, con mi espalda cargándose con todo lo que nunca llegó de verdad a ponerse encima, esta mujer, este ser humano que nació y vivió creyendo en los demás por encima de todos los colores, que cumplió años creyendo a pies juntillas en los cuentos de hadas, en que "to er mundo é güeno", en que la vida no te da tantas bofetadas como abrazos, en que la fe mueve montañas, en que la verdad siempre sale a la luz, en que todo antes o después se arregla, se compensa, en que aunque no lo entiendas todo te pasa por algo mejor que vendrá, etc, etc, etc, esta mujer, digo, acaba de morir a todo eso y nacer a la realidad. A la dura vida tal y como es, tal y como se te presenta delante de los ojos y dentro de tus manos.
Papá, hace casi un año moriste. Parece mentira, hace casi un año!!
Y lo que yo no sabía es que con tu muerte empezaba también la mía. Con tu desaparición, mi vida empezó a recibir golpes por todas partes, embestidas incomprensibles, sacudidas desproporcionadas. Desproporcionadas para lo que yo conozco como embestidas: nada puede conmigo, nada me tumba, nada me espanta, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza...
No digo que no sea así. Debe ser así. Será así. Pero yo ya no sé nada de nada. Desconozco todo. Ignoro si aprendí algo en estos casi 48 años que me han enseñado lo más duro: QUE LAS CORAZONADAS NO SIRVEN DE MUCHO.
Me ha costado escribir ésto. Y no lo encierro en una carpeta electrónica porque si no no sería valiente, no lo reconocería abiertamente. No estaría rasgando el velo de mis ojos de una forma tan sangrienta. La intuición, el corazón, la primera impresión, todo eso en lo que yo creía, hoy no son más que sueños perdiéndose en la profundidad cósmica de una luna azul que me trae la incertidumbre de un año 10 (¿10?). Y el desengaño de todos los anteriores. No por renegar de haberlos vivido como los viví. No. Sino por no saber que la vida golpea y golpea, no en vano, sino para que realmente se produzca el DESPERTAR.
Aunque este despertar sea tardío, lúgubre, sinsentido y extraño.
Aunque este despertar mío me deje sólo una cosa de las que tenía antaño (antaño es ayer mismo): ESCRIBIR cómo, cuándo y lo que quiera. Verter mil lágrimas sobre mil palabras. Hacer de la vida un sueño o hacer un sueño de la vida. Crear imaginación. Dibujar dolor, desamor, amor, risa. Pintar donde me apetezca con los colores que me apetezca.
Eso, sentirme viva o muerta dentro de las letras que SÍ me salen del corazón (este corazón torpe y equivocado) jamás me lo quitará, ni siquiera mi ingenuidad. Esta inocencia mal aprendida que me ha robado la inocencia misma.
Esta vida o esta existencia o inexistencia, o lo que sea que estemos haciendo aquí, nunca, desde muy pequeñita, dejó de golpearme. Sus vapuleos han sido más que sonoros. Debe ser, no obstante, que yo no quería sentirlos, no quería contemplarlos, no quería hacerlos míos.
Y por mucho que dolieran, no sé en qué momento decidí que a mí, precisamente a mí, nunca me doblegarían, nunca me dolerían lo suficiente como para asumirlos como propios.
Pero (esto sí parece cierto) antes o después, se produce la conexión entre las neuronas de tu cerebro. Se materializa la conjura de los necios para rasgarte las vestiduras y la conciencia, sin que tu propia mano haya sido el verdugo.
Un "de repente", como todo en este mundo. Al final, todo es un DE REPENTE. Por mucho que camines despacio o deprisa, no hay un despertar progresivo. Igual que el resto de las vivencias, EL DESPERTAR ES UN GOLPE.
El más despiadado de todos.